16 mar. 2014

La hora de la verdad de la temporada deportiva


Ya está aquí la última parte de la temporada. La hora de rematar lo sembrado hasta el momento; o la de arreglar lo que no se ha hecho anteriormente. Es el momento clave de cosechar los ansiados títulos, clasificaciones para competiciones europeas, play-off, ascensos; o evitar los descensos, maquillar la mala imagen, las críticas, etc. También es la hora de empezar a mirar de reojo la planificación de la próxima temporada, ver posibles fichajes, despidos, renovaciones, patrocinadores, proyectos, toma de decisiones,…, en definitiva, PRESIÓN. Todos la llevaremos como equipaje en los próximos meses. Jugadores, entrenadores, árbitros, directivos, cuerpo técnico, representantes, periodistas, patrocinadores, aficionados, etc. Un cúmulo de situaciones estresantes que nos harán más propensos a vaivenes emocionales, con sus correspondientes taquicardias, insomnios, enfados, precipitaciones, equivocaciones y consumo de más café por poner algunos ejemplos. Nos dará la sensación de que los partidos de ahora son más valiosos, cuando en realidad valen lo mismo que en la primera jornada.

Los que están arriba deberán convivir con la tensión de poder conseguir el objetivo que soñaban durante todo el año, sabiendo que en cualquier momento se puede desvanecer y tirar por tierra todo lo que se ha conseguido  hasta ahora. Rematar el trabajo acumulado, cumplir expectativas, o confirmar la superación sorprendente de las mismas, y no dar la razón a los que pensaban que era el sueño de una noche de verano, como si molestase estar donde no debías. De ello, no sólo dependen las ilusiones deportivas, sino también el poder conseguir un aumento en el patrocinio y, por lo tanto, mejores condiciones de trabajo en cuanto a materiales, sueldos y profesionales más cualificados. Dar el gran salto a una vida mejor o, quizá, por haberlo conseguido, tener que hacer las maletas de nuevo porque no cuentan con uno para esa tierra prometida.

Los que están abajo sufrirán la posibilidad de todo lo contrario, menor patrocinio, peores condiciones de trabajo, sueldos más bajos, menos profesionales de buen nivel, e incluso el despido, sintiendo el frío y el vértigo del paro. Hasta ahora los fallos se lamentaban; pero se recurría al factor tiempo para aliviar el mal trago: “quedan muchos partidos”, “aún podemos arreglarlo”, “esto es muy largo”, “ganando los dos próximos partidos nos metemos otra vez en la lucha”, y convertían las jornadas en una agónica espera de que un aparato con números luminosos lo aliviara todo, como un bálsamo de Fierabrás, al menos, una semana más, una jornada más. Se desviaba la atención a la tabla clasificatoria, depositando en ella nuestra confianza, nuestra atención, nuestro termómetro, pensando más en ella, como de un amor platónico se tratase, no dejándonos poner nuestros cinco sentidos en el propio juego, no dando pie con bola.

Otros hacen balance de lo hecho hasta ahora y se plantean si la planificación y ejecución del proyecto deportivo de la temporada fue el idóneo, centrando su atención en los problemas que ha habido y todavía hay, en lo que pudo haber sido y no fue, o en lo bien que ha ido todo, como si hubiera sido fácil, como si hubiera ocurrido casi sin pretenderlo, cuando no es así ¡Cómo lo he hecho tan bien! Algunos, a los que no hayan cumplido con sus intenciones iniciales, víctimas de su frustración, decidirán cortar por lo sano, tomando decisiones drásticas y precipitadas, lo que agravará aún más la situación. También los habrá que quieran abandonar con la idea de que ya no hay remedio, que han perdido la motivación por todo y ya no le importa lo que suceda, poniendo el frío piloto automático, deseando que acabe la temporada. Por suerte, todavía quedarán algunos que asuman el desafío de hacerlo lo mejor posible hasta el final, comprometidos y responsabilizados hasta las últimas consecuencias, por principios y valores básicos, por el diálogo sincero que uno mantiene con uno mismo.

Y lo mejor del asunto es que, tanto para unos, como para otros, lo que queda de temporada lo acentuará todo aún más, casi sin tiempo de asimilarlo, como si estuvieran en una película de cine mudo en la que pasa todo muy deprisa.

Sin lugar a dudas, a los que más se les puede notar toda esta presión es a los deportistas, que están de cara al espectador. Tanto si están en la parte alta de la clasificación, como si están en la parte baja, todo parece estar supeditado a los resultados. Por ello, los deportistas deben estar en plena forma física, técnica, táctica y, también, psicológica, para poder tener la mayor percepción de control posible ante toda esta avalancha de demandas del ambiente.

Pero todavía, a día de hoy, para muchos sólo parece necesaria en momentos y situaciones como las descritas anteriormente, como si de un bombero o un mago se tratase. Al igual que las primeras requieren una planificación y desarrollo a lo largo de toda la temporada, la psicológica también, para que, cuando lleguen estos momentos de la verdad, los jugadores tengan desarrolladas ciertas habilidades que les hagan convivir con la presión con total normalidad. Esto evitará que los deportistas se vean arrollados por las circunstancias, y que los entrenadores no estén a expensas de que los jugadores puedan soportar o no los momentos decisivos de la temporada, quedándose muchas veces indefensos y sin saber qué hacer por no haber integrado a su trabajo el aspecto psicológico.

Aspectos como la motivación, concentración, autoconfianza, autocontrol emocional, cohesión de equipo, etc., factores clave para todos los especialistas del mundo del deporte, aún hoy son considerados por algunos como capacidades innatas, inamovibles y propias solamente de los grandes deportistas o, como mucho, de los más veteranos, dejando al azar éste aspecto, o improvisando, sin saber a ciencia cierta ni cómo ni porqué, carteles grandilocuentes en el vestuario, vídeos que supuestamente motivan a sus jugadores, charlas llenas de testosterona, barbacoas que nos unen en torno a un fuego, etc.

Los entrenadores también son responsables del aspecto psicológico de sus deportistas, y de la dinámica del grupo y, por consiguiente, deben estar mínimamente preparados para ello, bien asesorados y formados por psicólogos especializados (lo que no siempre ocurre en los cursos de entrenador, dando una mala imagen de la psicología y de la utilidad de la misma), o teniendo uno en el cuerpo técnico, como afortunadamente ocurre cada vez más. Está más que demostrado que un buen entrenamiento psicológico puede permitir que el deportista rinda al máximo de sus posibilidades reales, evitando que estados de nerviosismo y desconcentración limiten sus actuaciones en competición. A fin y al cabo, parafraseando a uno de los grandes, el fútbol se juega con el cerebro.

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