14 jun. 2014

El positivismo empalagoso

Asistimos en la actualidad a un bombardeo constante que nos empuja a sentirnos bien, a ser optimistas, a creer que todo es posible si nos lo proponemos, por el simple hecho de pensarlo, a disfrutar de la única y limitada vida que tenemos, a encontrarte a ti mismo, a dedicar tu vida a lo que realmente te llena, a hacer lo que te dé la gana sin importarte lo que opinen los demás, a vivir en un levitar, en un reír, en una euforia permanente

Nos acribillan en las redes sociales a frases grandilocuentes, a montajes con fotos y colores a cuál más llamativa, vídeos supuestamente motivadores,… Salen como setas coaches, psicólogos, pseudopsicólogos, “escritores” de best-sellers de autoayuda, blogs, personas de a pie que se dejan llevar por el movimiento positivo y dispensan consejos por doquier, y no sé cuántas cosas más que te acorralan y se empeñan en darte la receta de la felicidad, indicándote orientaciones basadas en vaguedades que no dicen nada o dicen obviedades, difundiendo ideas originales y propias que en realidad no han creado ninguno de ellos; pero, como la mayor parte de los que los leen o los oyen no las han oído ni leído nunca, se piensan que son ideas innovadoras, revolucionarias, geniales.

Estos mensajes abarcarán todos los campos, que si esto es lo mejor para la vida en pareja, que si ésta es la fórmula para triunfar en el trabajo, que si debes realizar ésta o aquella actividad en tu tiempo de ocio, que si piensas adecuadamente eres capaz de hacer lo que te propongas en el deporte (aunque seas la persona más descoordinada del mundo), que para ser un buen padre debes hacer esto o aquello, que lo mejor para tu sexualidad es no sé qué que se sabe desde no sé cuándo

En nuestro afán de búsqueda de que te cliqueen solicitudes de amistad, me gusta, followers, suscriptores, pasas el testigo a todo este tipo de mensajes new age (la del positivismo), colaborando en el bombardeo de que cambies tu forma de pensar, que te recuerdan que todos tus males son responsabilidad tuya.

Al igual que todos los hombres que se precien deben tener un entrenador de fútbol dentro, o que toda mujer sofisticada deba tener una diseñadora de moda que lo haga mejor que la de al lado, mientras la repasa de arriba a abajo, o que todo ciudadano es experto en educación y opina sin pudor alguno, hoy día parece que a todos nos ha poseído un gurú motivacional, siempre de guardia, dispuesto a repetir al primero que vea decaído toda la retahíla de frases, vídeos y mensajes de la nueva religión del positivismo

Entre unos y otros nos recuerdan nuestra torpeza en ser tan negativos, en desaprovechar la vida, echándonos en cara el simple hecho de tener una mala racha. Casi nos prohíben nuestro derecho a estar tristes. Nos señalarán de amargados, nos etiquetarán de tener depresión, de necesitar algún tratamiento, de no querer cambiar de actitud, de estar así porque quieres, porque eres un asqueroso egoísta que sólo piensas en ti mismo. No tardarán en presionarte a salir porque sí, a reír porque sí, a no dejarte estar sólo contigo mismo, a no respetar tu intimidad, a no poder lamerte las heridas, a no poder pasar tu duelo, palabra ésta que ha pasado también al habla de la cotidianeidad de la cultura del positivismo, como si supieran lo que es.

Y todo este movimiento de felicidad hueca, en el momento con mayores niveles de depresión y ansiedad que jamás ha habido, con unas cifras brutales de suicidios también silenciadas por el miedo al qué dirán. Incluso se da la psicofarmacología estética, tomando antidepresivos o ansiolíticos para sentirse bien, como armamento preventivo, no vaya a ser que te sorprenda la temida tristeza ¡Aléjate de mi!

¡Pues no! En la vida hay momentos en los que sentir tristeza es lo natural, lo normal, y tienes derecho a ello, sin verte obligado a reprimirlo, a esconderlo, teniendo que forzar una mueca ante los demás para que no te lo reprochen o te dejen tirado para que no les intoxiques

No se trata de hacer un alegato de la tristeza, de encumbrarla al olimpo de los dioses, de buscarla, tenerla cerca y regodearte en la mierda escuchando canciones amargas, o viendo dramas de sábado por la tarde, consiguiendo atenciones de los demás llorando a moco tendido, dando pena con tus constantes desgracias, como única forma de sentirte único, diferente en tus especiales e inigualables sinsabores. No es cuestión de irse al lado opuesto al del positivismo y hacerte un talibán de la amargura, un exponente del movimiento “emo”, vistiendo de oscuro, con aspecto famélico, pálido y sucio. Se trata de sentir una emoción natural, básica, que surge de dentro cuando la vida te zarandea como a un pelele, dejándote aturdido, sobrepasado, insignificante, necesitando de un tiempo para aceptar, digerir, llorar, patalear, reflexionar, aprendiendo a vivir con ello, no siendo ya el mismo de antes; pero haciéndote ver y valorar lo que tienes con serenidad, saboreando lo que todavía te queda, sobreponiéndote y tomando de nuevo fuerzas para apretar los dientes y salir adelante con dignidad y, por qué no, con momentos de inesperada grandeza. Pero ésta alegría ya no será una impuesta por mensajes de bálsamo de fuerabrás, de mueca forzada que no se corresponde a lo que sientes, que no está de acuerdo contigo mismo. Será una alegría serena, real, de verdad, profunda, en sintonía contigo mismo y con la vida, que parte de ti mismo con esperanza. Y para ese fin es necesaria la tristeza previa.

Siente lo que sientes con todas las consecuencias, y que no te impongan sus sentimientos los demás, por muy empalagosamente felices que parezcan


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