2 jun. 2018

Ni Psicología para dummies, ni Pedagogía en mil palabras


Tras muchas décadas en las que la psicología y la pedagogía no tenían en nuestro país un estatus social que nos diera consistencia, de discutir entre psicólogos y pedagogos por espacios de intervención y por los mismos puestos de trabajo, y de tener que justificar la existencia misma de la figura del orientador para que nos escuchasen otros docentes (especialmente en Secundaria), parece que desde hace unos pocos años a esta parte se le empieza a dar relevancia a nuestro campo de conocimiento, aunque lamentablemente de una forma muy deformada. También en parte es culpa nuestra. No siempre les hemos dado soluciones a los problemas que nos planteaban, más allá de unas listas de orientaciones generales de “copiapega”, de esas que ponemos al final de los informes y que no se lee casi nadie por repetitivas (y por desinterés).  Eso sí, damos un CI más bonito que un San Luís, por muy poco o nada que diga, y por mucho daño que haga a los niños. Y unos percentiles maravillosos, que se note que hemos estudiado estadística. La normativa también empuja a que los tests trabajen por nosotros. Y a veces, ¡oye!, ¿por qué no das una charlica de…?


Y ahora que el mundo educativo, por fin, se ha abierto a nuestro campo, lo hace a través de pseudociencia, de psicología para dummies y pedagogía en mil palabras. Sólo hay que ir a los congresos de vendedores de bálsamo de fuerabrás, o ver las estanterías de las librerías dedicadas a psicología y pedagogía, que dan repelús. Es tremendamente triste. Ver congresos, cursos, blogs, webs que se hacen referencia en la atención a la diversidad y que son un espanto (se nota mucho que no es su especialidad, y no filtran con tal de ingresar pasta). Nos adelantan por la derecha a codazo limpio profesionales de otros campos vendiendo psicopedagogía de muy baja calidad. A veces, nos vienen intrusos vendiendo coaching educativo transpersonal neuroestratégico interestelar de todos los santos; inteligencias múltiples porque todos somos genios en algo (esto da para una entrada por sí solo); PNL (que manda cojones); constelaciones familiares (cuarto milenio); estilos de aprendizaje (espera que me ha dado un retortijón), los cócteles conceptuales y contradictorios de la inteligencia emocional y la psicología positiva que se han desvirtuado (si no han nacido ya desvirtuados) y que se han invadido de pseudociencia hasta no servir para nada (lean la opinión de John Mayer, uno de los creadores del concepto inteligencia emocional. Quiere con locura a Goleman, irónicamente hablando claro) ¡Oye!, ¿por qué no haces mindfulness con los alumnos, que se relajen y se concentren? A mi primo, que da clases de geografía, dice que lo hace con sus alumnos y le funciona de una forma espectacular (voy a dar yo clases de historia, y verás tú los disparates que digo) ¡Porque no y punto!, ¡te lo digo aquí y ahora, con conciencia plena!, ¡qué coñazo con el mindfulness!, ¿tú no conocerás a un tal Jacobson?, ¿y a Schultz?, ¡ah no!, como tienen más de dos semanas (tienen casi cien años), pues no valen, están obsoletos. Aunque la ciencia haya demostrado mucho más de Jacobson que del mindfulness, que tiene mucho por demostrar científicamente hablando, especialmente sobre eso de que mejora la atención y el rendimiento académico (además, cuando uno lee un artículo científico sobre las supuestas bondades del mindfulness que "demuestran" su utilidad en el ámbito educativo, o son un desastre metodológico, o resulta que el protocolo seguido es clavadito al de Jacobson, mezclado con el de Schultz).

Y cómo no, la neurociencia. Ahora, como lo rebautizan todo para dar imagen de novedoso, se llama neuroeducación, de la que salen expertos por todas partes, aunque saber neurociencia requiera toda una vida. La asignatura pendiente en las facultades de educación dicen .¿y entonces lo que estudiábamos hace veinticinco y treinta años en psicología y pedagogía qué era? Yo estudié psicobiología I, psicobiología II, psicología fisiológica, psicofisiología y neuropsicología, en cada uno de los respectivos cinco cursos de carrera. Y mis vecinos de aulario, los estudiantes de Pedagogía también estudiaban psicobiología (con los mismos profesores que yo). ¡Ah vale!, que resulta que el lenguaje neurocientífico es muy complejo y nos lo traducen a un lenguaje más asequible. Que nos hacen un esquema vamos. Porque somos tonticos y no podemos leernos un manual de neuropsicología, o de neurociencia cognitiva, la mayoría de los cuales, por cierto, están hechos por psicólogos, aunque se hacen llamar neurocientíficos porque si no no venden ni uno (hablando del tema, ¿de verdad sólo se aprende aquello que se ama? La emoción facilita el aprendizaje; pero se puede aprender sin emocionarse también. Estudiar la normativa educativa, o las instrucciones de la lavadora es apasionante). Y toda esta comida rápida ha entrado como Perico por su casa a la universidad, pudiendo ver cosas como mezclar inteligencias múltiples y neurociencia (el agua y el aceite). Y ya, para terminar de tirarlo todo a la porra, hay psicólogos y pedagogos que se apuntan a todo esto para comer. Ahí, los colegios profesionales, a ver si aplican sus códigos deontológicos, y limpian la casa. Luego no tenemos credibilidad. Será porque muchas veces no nos la merecemos.


También se atreven a decir que es una asignatura pendiente en los docentes estudiar metodología y conocer el lenguaje científico, saber buscar bibliografía,… ¿Entonces en psicología y pedagogía, no hemos estudiando análisis de datos, diseños y métodos de investigación, psicometría,…, no hemos buscado en bases de datos, revistas JCR, no hemos escrito textos con formato revista científica e incluso hemos publicado algo? Nos hemos hinchado vamos. O a darnos lecciones sobre las emociones, otra de las supuestas asignaturas pendientes en el mundo educativo (yo cursé una asignatura específica sobre emoción y otra sobre motivación hace ¡24 años!) A todos nos suenan nombres como James, Lange, Papez, Cannon, McLean, Klüber, Bucy, Ledoux, Damasio, Bechara,... Pero claro, uno ve “Del revés” y ya da conferencias sobre emociones y nos dan lecciones sobre felicidad, positivismo empalagoso y otras cosas más del new age cannabinoide y hippie (tampoco en esto son innovadores ¿recuerdan los años setenta?).


Y todo ello, en un gremio, el docente, que se supone debe despertar el espíritu crítico en los alumnos; pero en los docentes no, a tragárselo todo. Es que si no lo hago no soy original, cool, fashion, pionero, influencer y no me dan likes. El conocimiento nuevo de verdad lo aportan muy poquitos y los demás nos estudiamos lo que ellos han creado, dedicándole mucho menos tiempo. Innovar no es rebautizar con nombres pegadizos conceptos que ya existían hace un montón de años. Más humildad, y menos creernos seres extraordinarios y originales.


¿Y cómo luchamos ante todo esto? Pues no voy a inventar nada yo tampoco, estudiando toda la vida y leyendo a los críticos de todo lo que llega a nuestras manos, y no tragándolo todo sin más. Aplicando aquello que haya sido acreditado previamente, no porque suene bien, sino porque se ha investigado y demostrado que funciona. De la homeopatía también se puede oir “¡a mi me funciona!”; pero luego la ciencia no la avala. No hagamos homeopatía educativa. Y, siendo de verdad los especialistas de ciertas áreas de conocimiento, eduquemos a otros profesionales, sirviendo de filtro, siendo valientes y no callándonos, luchando contra el intrusismo. No puede ser que una ingeniera, o un profesor de no sé qué, o la monitora de mindfulness, nos vengan dando lecciones sobre cuestiones psicológicas o pedagógicas y queriendo ocupar nuestro sitio.


Habría mucho que desmenuzar, qué funciones hacemos, cómo estamos evaluando (no pasar tests sin más, sino saber cómo es la cognición y cómo explorarla), qué y por qué evaluar, cómo y por qué intervenir, qué hay detrás de una dificultad de aprendizaje (en el entorno socioeconómico y en el cerebro también), cómo y por qué intervenir,… No valen los dummies o las mil palabras. Hay que estudiar mucho para saber un poco Y mezclándonos con profesionales de otras especialidades y otros ámbitos, como el clínico (y ellos de nosotros) ¿Queréis saber, por ejemplo, de cerebro y de la cognición? No leáis en libros de educación. Leed y escuchad a Javier Tirapu, a Pablo Duque o a Marcos Ríos, por poneros tres ejemplos españoles. La neurociencia sí que puede decir mucho en la evaluación de la cognición y en la intervención educativa de nuestros alumnos con dificultades de aprendizaje. Mucho más que sobre metodología docente. Pero la neurociencia de verdad, no en mil palabras.

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